Blog :: Mira al Centro

La dama del machete

2018-11-09 (Last Update: Tue, 20 Nov 2018) Carlos Sourdis 0 Artículos

El mantenimiento o la conservación de las tradiciones vivas es más importante para el Comité de Patrimonio Histórico de la Unesco que el mantenimiento y la conservación de los inmuebles arquitectónicos.

Es precisamente este criterio lo que ha permitido que una ciudad como Cartagena de Indias, por poner un ejemplo, haya sido incluida en la Lista de Patrimonio Histórico Mundial, y no lo haya sido San Juan de Puerto Rico, a pesar de que la segunda también contenga castillos, murallas fortificadas y hermosos barrios coloniales como los de La Heroica, e incluso en mejor estado de conservación arquitectónica.

El motivo radica en que, en Cartagena, barrios del Centro Histórico como San Diego o Getsemaní continúan siendo habitados por vecindades auténticas, originales, herederas de los habitantes de hace siglos, que mantienen vivas las costumbres y usos tradicionales. Mientras tanto, en San Juan la gentrificación y la comercialización han desplazado inevitablemente a sus habitantes originales y han hecho desaparecer todo vestigio de uso tradicional.

Es decir, la capital portorriqueña ha perdido su esencia, aplastada irrecuperablemente bajo la invasión de boutiques, restaurantes, discotecas y lujo$o$ apartamentos residenciales.

Lo mismo ocurre con la Lista de Patrimonio Histórico Intangible o No Material que elabora Unesco: Carnavales como el de Oruro, en Bolivia (conocido como Las Diabladas) o el de Barranquilla, en nuestro país, se hallan incluidos en dicha lista y no sucede lo mismo con otros quizá más famosos: Río de Janeiro, New Orleans, Venecia.

La comercialización de estos tres últimos ha desvirtuado o adulterado sus raíces originales , según me explicó en cierta ocasión en Cartagena de Indias un grupo de expertos, mientras hacia una ronda de entrevistas sobre este tema para el diario El Tiempo.

Es por todo lo anterior que cuando veo a la dama del machete en la esquina del antiguo Edificio Avianca --frente a la plaza del Paseo Bolívar, en su puesto de venta de cocos de la carrera 45 con calle 33 , el mismo puesto al que yo venía desde que tengo memoria con mis padres y hermanos a tomar agua fría y consumir la pulpa de este exquisito fruto--, comprendo que me hallo ante un personaje sobre el que vale la pena poner la lupa durante un instante.

Porque cada certero tajo que ella da con su machete a los cocos que vende a sus innumerables clientes contribuye tanto al mantenimiento de la condición patrimonial del Centro Histórico de Barranquilla (reconocida por el Consejo Nacional de Monumentos del Ministerio de Cultura de Colombia), como lo hacen los emprendimientos de renovación y recuperación inmobiliaria o arquitectónica puestos en marcha desde hace una década por la Alcaldía Distrital, la Gobernación Departamental o el sector privado.

Victoria Díaz, Pic: Carlos Sourdis

En otras palabras, si se diera el caso de que al centro de Barranquilla lo convirtieran en ‘una tacita de plata’ arquitectónica, recuperándose mediante la restauración hasta el último de sus edificios del periodo republicano o los levantados durante posteriores intervenciones urbanísticas neoclásicas, arábigas y art deco, esto no serviría de nada para conservar su condición patrimonial si personajes como doña Victoria Díaz y su puesto de venta de cocos desaparecieran.

De hecho, el embellecimiento o remozamiento de las tradicionales edificaciones del Centro podrían contribuir a fomentar un encarecimiento de los arriendos y, por ende, a un proceso de gentrificación mediante el cual las clases más acomodadas desplazarían de su hábitat original a la multitud de residentes y usuarios tradicionales de bajos ingresos que hacen que el Centro de Barranquilla siga siendo lo que es.

El resultado de un proceso así sería la pérdida irreversible del tesoro del Centro de Barranquilla. De su magia. Y de su condición patrimonial.

Una breve reseña biográfica de la alegre y dicharachera doña Esperanza. Nacida en Achí en 1950, abandonó aquel retirado (por aquel entonces `perdido´ y selvático) terruño del Sur de Bolívar cuando tenía 15 años porque "quería conocer el mundo”. Sus pasos la trajeron a la metrópolis barranquillera que todavía podía ser denominada como pujante, aunque para entonces ya había perdido la privilegiada condición portuaria que alrededor de principios del siglo XX la puso en las rutas del gran mapa naviero internacional.

Aprendió el oficio cuando Juan Bermúdez y otro señor llamado Rodrigo le confiaban durante breves periodos de tiempo el puesto de venta de coco fundado y atendido por ellos. Al comienzo, sufrió alguno que otro accidente (“pequeñas cortaduras”, explica) pero hoy, después de 5 hijos, 13 nietos y 4 bisnietos , a sus 68 años, parece una auténtica y veloz máquina de precisión.

La envidia de un samurai.

En días “de quincena” puede llegar a cortar, y pelar y a extraer la pulpa de hasta 100 cocos en su jornada laboral de diez horas. Sólo toma vacaciones durante la Semana Santa, época que aprovecha para visitar a su parentela en el Sur de Bolívar. Luego regresa a su esquina de la 45 con la 33, donde, asegura, ¨soy feliz. Todo el mundo me aprecia, todo el mundo me conoce, me divierto viendo pasar gente, atendiéndola, metiéndole conversación a los clientes¨.

Es irónico. Las únicas veces que ha visto peligrar su negocio y su fuente de ingresos y de felicidad ha sido cuando las autoridades distritales han puesto en marcha algunos de esos intermitentes planes de recuperación del espacio público, y desalojan provisionalmente a quienes utilizan los andenes para instalar sus informales negocios.

Pero en una ciudad con más de 9.000 vendedores estacionarios censados en su Centro Histórico y sin un plan coherente para brindar soluciones integrales a esta problemática urbana, resulta muy difícil mantener a raya a esta forma de subsitencia y de comercio informal.

¿Buena o mala suerte?

Según se mire. Porque buena parte de las tradiciones vivas que tanto protegen la Unesco y los expertos en Patrimonio Urbano todavía existen en Barranquilla gracias a la avasalladora invasión del espacio público.

Es imposible cerrar los ojos a esta realidad.


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