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El vendedor de libros

2018-11-02 (Last Update: Tue, 20 Nov 2018) Carlos Sourdis 0 Artículos

Al principio, no sabía si me estaba enfrentando al mejor o el peor vendedor de libros del mundo.
Aparenta haber pasado holgadamente los sesenta años y su rostro de gesto adusto es el de alguien que no parece muy interesado en hacer o conservar amigos. Ni clientes.
Su puesto de libros de segunda mano en la esquina de la carrera 44 con la calle 38 (en donde las antiguas instalaciones de Telecom son ahora utilizadas como una extensión de las salas de juzgados del Edificio Centro Cívico) posee una nutrida y admirable colección de títulos, de esas que harían salivar a un bibliófilo.
Se trata sobre todo de novelas de todo género, pero abundan los ensayos de psicología, sociología, política, filosofía, historia, los infaltables de ‘autoayuda’, y textos para estudiantes de varias profesiones. Los ejemplares reposan juciosamente apilados horizontalmente en un mueble de estanterías de madera de cuatro caras, de unos dos metros de ancho por tres de largo, con portezuelas abatibles para dejar su mercancía protegida bajo candado durante las noches. Detrás de la primera capa de libros en exhibición se adivinan muchas más.
Son las 4 de la tarde.
Después de pactar la venta de un grueso tomo sobre la historia del marxismo- leninismo con un cliente que promete volver más tarde con el dinero para llevarse dicho ejemplar, dirige su atención a mí: no le agrada que yo y mi bicicleta ocupemos la mayor parte del lado de la estantería que mira hacia el andén. Me pide que la parquee a un lado, explicándome con machacona paciencia que ese pedazo del andén del Centro de Barranquilla es para que sus clientes puedan detenerse a estudiar su mercancía.
Así que yo recuesto mi ligero vehículo contra la parte posterior de un puesto de fotografías instantáneas que ocupa el espacio contiguo en el andén, el cual se haya invadido por chazas a todo lo largo de la carrera 44 y la calle 38: ventas de discos compactos, de hierbas medicinales, puestos de laminación de documentos y hasta una mini- trapichería de caña de azúcar.
“No, ahí no”, me regaña. “¿No ve que eso es propiedad ajena?”
Ya que he venido con la intención de entrevistarle, no sólo de comprar, prefiero no recordarle que tanto él como su librería y todos los negocios allí presentes son, técnicamente, invasores del espacio público de la ciudad, por muchos años o décadas que hayan permanecido sobre esos andenes.
Dejo la cicla apoyada contra la cara lateral de su chaza de libros. Tras estudiar un rato el material, pago 10 mil pesos por ‘El hombre en busca de sentido’, del neurólogo y psiquiatra judeoaustriaco Viktor E. Frankl, padre de la Logoterapia y sobreviviente a los campos de concentración nazis durante la Segunda Guerra Mundial.
Entonces, me siento animado a explicarle al vendedor que, además de esa adquisición, me gustaría hacerle una entrevista sobre su oficio u ocupación. Estúpidamente, siento que lo he ganado.
Le explico que quiero saber cómo sobreviven este tipo de ventas de libros callejeras en una época en la cual la digitalización y el internet ejercen una competencia tan fuerte a su negocio, permitiendo descargar gratuitamente muchos de los títulos que allí se observan.
Parece ofendido. Intenta, inmediatamente, ‘sacarme de taquito’.
“Vea, aquí han venido con intención de entrevistarme de los periódicos, de la radio, de Telecaribe, pero a mí eso no me interesa para nada. Yo no doy entrevistas”.
Encogiéndome mentalmente de hombros, sigo estudiando de todos modos los títulos de su librería y me topo con un ensayo del filósofo y teórico social francés Michel Foucault. “¿Cuánto vale éste?”, pregunto. “15 mil pesos”, responde, y lo saca cuidadosamente de la pila para que yo lo estudie.
Me hace notar con cierto orgullo que ninguno de los ejemplares en venta son libros ‘pirateados’ sino de editoriales originales.
Como andaba corto de dinero en la billetera, decido cambiar a Frankl por Foucault, encimando los 5 mil pesos de diferencia y devolviendo el primero.
Esta vez el hombre no sólo parece ofendido sino que lo demuestra con claridad. No está dispuesto a aceptar el trueque. “Es más”, me dice, “ahora el de Foucault vale 20 mil pesos; si quiere hacer el cambio, me tiene que dar 10 mil pesos”.
De hecho, cuando advierte cierta inconformidad en mi rostro, me devuelve el billete de 10 mil pesos y me pide que le devuelva el libro de Frankl, que mejor "no hagamos ningún negocio".
Creo que mi primer impulso de darle con el libro recién comprado en la cabeza es comprensible, pero en seguida caigo en cuenta de que me encuentro ante una rareza digna de atención, un excéntrico admirable, un conocedor y amante de la magia de los libros.
No uno de esos mediocres vendedores de libros de segunda que fijan el precio de acuerdo al peso, el número de páginas, o de si se trata de un ejemplar en rústica o empastado, sin tener ni idea del contenido de lo que venden.
Venciendo mi malestar inicial, le expreso mi admiración y le explico que prefiero conservar el primer libro.
El tono de la conversación cambia. Me cuenta que nació en 1945 y desde pequeño acompañó a su padre, librero también, en negocios semejantes por varias ciudades del país, especialmente en Cartagena. “Mi vida son los libros. Toda mi vida”.
Entonces yo le hablo de Constanza, una veterana del oficio que solía tener su puesto de libros bajo el arco principal de la Torre del Reloj , en la entrada del Portal de los Dulces de Cartagena de Indias. “Claro que la conocí”, me dice, “ya debe haber muerto”. Yo le digo que estoy de acuerdo y recuerdo mi primer encuentro con esa mujer, quien ya era una anciana cuando la conocí.
La primera vez que intenté comprarle un libro, no recuerdo cuál, señalé uno de los que se hallaban en una de las estanterías más altas bajo la Torre del Reloj. Había que utilizar una escalera para alcanzarlo pero Constanza, víctima de sus achaques y sin la presencia de un nieto que la ayudaba, me contestó: “Siempre se antojan de los que están más arriba”, y no me lo vendió.
Pero poco a poco, después de repetidas compras en su librería, no sólo llegué a tener cierta amistad con ella, sino que incluso conseguí que me guardara libros de autores o de títulos que ella sabía que me podían interesar. Casi siempre acertaba.
Los vendedores de libros de segunda que conocen su oficio son una especie en vías de extinción. Deberían estar en la lista de protección de la Unesco. O de Greenpeace.
Antes de despedirme del vendedor de libros de la 44 con 38, estrechamos nuestras manos y me permitió hacerle unas fotos. Se llama Juan. Volví a expresarle mi respeto y prometí regresar con más capital para adquirir no sólo a Foucault sino otros jugosos autores que despertaron mi atención, tan pronto “caiga la marmaja”.
Mientras pedaleaba cuesta arriba por la 45, rumbo a la sede de la Fundación Mira al Centro, no pude evitar la sensación, emocionado, de haber estado durante algunos en minutos en contacto con algunos de los vestigios de la magia que, si uno sabe mirar, descubre por todas partes en el Centro de Barraquilla.


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