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Barranquilla cañonera

Barranquilla cañonera

2018-11-14 Carlos Sourdis 0 Artículos

Dices “cañonazo” y lo más seguro es que cualquier barranquillero asocie la palabra con el nombre de alguna caseta para bailarse los carnavales o con el último gol de Falcao, en vez de pensar en los atronadores disparos de esas piezas de artillería que suelen hallarse en los navíos de guerra, o sobresaliendo de las murallas que protegían a las ciudades del asedio de los enemigos.

Ni siquiera los dos cañones que adornan el escudo de la Ciudad de Barranquilla parecen recordarles a sus actuales habitantes que esas piezas de guerra no están pintadas ahí porque sí.

En realidad, formaron parte de importantes acontecimientos de la historia local, por allá en 1815. Acontecimientos que, por cierto, le valieron a la ciudad el título de ‘villa’, otorgado por el Presidente- Gobernador del Estado Libre e Independiente de Cartagena de Indias —Manuel Rodríguez Torices—, y dejar de ser así un simple caserío (Barrancas de San Nicolás) para convertirse en ‘La Villa de Barranquilla’.

A pesar del diminutivo que ya siempre nos acompañará, por mucho que haya crecido la ciudad, fueron grandes el valor y el heroísmo demostrados por los barranquilleros ansiosos de libertad durante la batalla librada contra el coronel catalán Valentín Capmany, oficial de los ejércitos de la Corona que tenían su base en Santa Marta.

Igualmente grande fue el arrojo demostrado por los lugareños en las campañas navales emprendidas bajo el mando del ex pirata francés Pierre Labatut para limpiar las orillas del Magdalena de los reductos realistas españoles.

Hay que recordar que los barranquilleros no tenían murallas que los protegieran e imaginar que tampoco abundarían en los alrededores buenos artificieros, que son los expertos en cargar, apuntar y disparar los cañones.

Según versiones más o menos comprobadas, estos cañones habrían sido enviados desde Cartagena precisamente para que los barranqueros o barranquilleros hicieran frente a los realistas samarios. Pasadas aquellas turbulentas épocas, ya consolidada la independencia, los cañones terminaron clavados o enterrados, sobresaliendo de los andenes en varios puntos de La Villa de Barranquilla, apuntando todos hacia el centro del planeta.

Se habla hasta de once o catorce cañones enterrados en distintos puntos de una ciudad que por aquel entonces se concentraba en los alrededores de los caños de Barranquilla, de lo que hoy es el barrio Rebolo, del mercado a orillas del Magdalena y el sur de lo que hoy llamamos el Centro.

Las explicaciones para este curioso proceder varían, según los mismos historiadores o estudiosos de la historia local. Algunos relatos sostienen que el enterramiento de los cañones fue un acto simbólico para marcar el final de la guerra. Otros, que fueron enterrados como homenaje al Libertador, tras conocerse su muerte en la Quinta de San Pedro Alejandrino.

E incluso existen versiones sobre un misterioso rito promovido por la logia masónica.

Hoy es posible observar sólo dos de estas piezas de artillería, extraídas de una esquina del Paseo Bolívar y de un andén del barrio Boliche para luego ser restauradas y colocadas sobre cureñas fabricadas en hierro (las ‘camas’ con ruedas sobre la que se solían ubicar los cañones de plaza), que son réplicas de las que se usaban en siglos pasados. Las originales eran de madera.

Ambos cañones reposan a pocos metros de la estatua ecuestre del Libertador que domina el Paseo Bolívar.

De los demás no se sabe nada. A lo mejor se los terminó tragando la tierra. O fueron fundidos para darle al metal algún uso práctico.

¿Quién lo averiguará? Tal vez, como cantaba Estercita Forero sobre las cosas que se les pierden a los ‘ñeros’, “será Mandrake con su brujería si se aparece por allá algún día”.

Sería bueno, en todo caso, que los dos que subsisten sirvan al menos como recordatorio de que en sus tiempos fundacionales Barranquilla fue mucho más que un bebedero de vacas sedientas que huían de la sequía en Galapa, la ‘historia oficial’ que se vendió a muchas generaciones de barranquilleros durante sus años escolares.


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